Nada más lindo que los Internacionales de Toritos

Cuando era pibe lo que más gustaba era jugar a la pelota. Todas las semanas estaba atento de tener en condiciones mis botines, las canilleras y la indumentaria del caso.

Obvio que por aquel entonces no teníamos la posibilidad de elegir entre mucha ropa para ir a practicar, casi siempre era la misma y había que cuidarla. Algún short con el número once, yo jugaba de siete, pero siempre soñé que era zurdo, quería ser como el Chavo Comas.

Siempre estaba ese amigo que el abuelo viajaba seguido y le tría remeras insólitas. La del Manchester, el Napoli, o la última de la Selección Argentina. Yo recuerdo una remera lisa, marca Hering, que tenía algunos agüeros y había dejado de ser blanca. Esa siempre estaba en la bolsita de nailon donde metía todas las pertenencias. Con el tiempo apareció una mochila y ya siendo adolescente, un hermoso botinero.

Las divisiones inferiores de Patronato entrenaban en la Escuela de Comercio, hasta ahí, siempre iba acompañado por algún amigo que se sumaba de paso o que pasaba a buscarme, era una aventura. Y eso que no había más de diez cuadras de distancia. Jugar a tirarse con flechitas, tocar un timbre y salir corriendo o simplemente hablar del gol del domingo que habían pasado en el noticiero recién el lunes.

Se me vienen un montón de recuerdos felices de aquellos momentos. La importancia del fútbol en mi vida y seguramente en la vida de muchos de los que están leyendo.

Pero me quiero detener en Los Torneos Internacionales de Los Toritos de Chiclana, esos que esperábamos todo el año y que los disfrutábamos al máximo.

Además de lo coqueto que se preparaba el club de barrio San Roque para cada evento, más allá de su humildad. Se me vienen a la cabeza la vieja cancha de Belgrano, el Grella, el Mutio, la cancha de Sportivo Urquiza, la de Palermo, la de Neuquen (no Neuquén); todas las canchas en algún momento estuvieron a disposición de semejante acontecimiento.

Había que alojar. Que más lindo que tener un nuevo amigo por una semana, en el mejor de los casos; o al menos por cuatro o cinco días. Nos encontrábamos con historias increíbles, que todavía guardamos en el corazón. En mi memoria está Adriano, un brasileño que vino de paseo y no jugó un solo partido; que actualmente es amigo en Facebook, después de más de treinta años de esa primera vez que nos vimos. Ese año, que no tengo bien presente, la fiesta inaugural fue en el estadio de Belgrano, en calles Salta y Nogoyá. Recuerdo la marcha del deporte, todos entrando a la cancha con el estandarte del club y vestidos con los mismos colores.

Las noches previas a cada partido, para mí, eran insoportables. No me podía dormir. Me imaginaba el gol que quería meter y abrazarme con mis amigos. Con el Seba Inveninato, con el Ruso Colman, con Pitica Dandeu, con el Dani Morales, con el Gigante Medina o con el que se me cruzara por el camino.

Eran partidos con mucha adrenalina. Con Patronato teníamos un gran equipo. Pero los Internacionales de Toritos, siempre nos costaron.

Se jugaba en canchas que habitualmente no tenían partidos. ATM, Ceberpa, etc. Voy escribiendo y se me vienen más recuerdos. Que felices éramos jugando todo el día al fútbol.

Algún gol pescado, que eran los típicos que hacía, ja.

Recuerdo los vendedores de artesanías, que te traían collares, relojes o cualquier tipo de recuerdos. Que seguían a las delegaciones hasta debajo de las camas. Los esperaban en las puertas de los clubes y a muchos los seguían a los lugares donde estaban alojados. Generalmente el Complejo del Túnel y la Escuela Hogar albergaban a muchos.

El vendedor de Copos, el de garrapiñada. Las colas en las cantinas para comprarnos un pancho y una coca después de haber jugado. Los pibes jugando a la bolita al lado de la cancha, indiferentes a lo que pasaba adentro. Adentro estaban jugando la final del mundo, al menos eso me parece que significaba cada partido.

Me acuerdo de alguna definición por penales. Una frustración y la sed de revancha. Recuerdo esas viejas camisetas de hilo, muy diferentes a las actuales, que mientras más transpirábamos, más pesada se ponía.

Me acuerdo de nuestros padres o abuelos, agrupados en el mismo sector, gritando como locos cada vez que atacábamos o nos atacaban. Cuanta inocencia que nos acompañaba y cuanta adrenalina.

Se me viene a la cabeza tantos recuerdos. Que ganas de poder hacer algo para recuperar eso para nuestros gurises. Que ganas de que pase esta pandemia y poder acercarnos de nuevo a ese club para dar una mano.

Que ganas de volver a ser pibe y correr atrás de la pelota, con la sola preocupación de meter más goles que el rival y ahí se resolvía todo, hasta que empiece un nuevo partido.

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