Amo mi vida (por otros 50)

Una semblanza por mis 5 décadas. La mayor parte del tiempo vinculada con el fútbol, deporte que me brindó gratos momentos.

Y la amo así como es. Como fue. Como será.

Amo mi vida simple, rebelde, indócil, indocumentada. Con rulos, con canas.

Amo mi vida cincuentona, vivida, golpeada, abrazada, superada, nostálgica, con goles, con fútbol, con sueños, con lágrimas, con recuerdos, con peleas, con reconciliaciones, con noches frías, con noches calientes, con vos, sin vos.

Amo este instante con música, con románticas palabras, con el corazón mirando el cielo, con el amor mirando tus ojos.

Y amo porque amé, amo y amaré. Sin barreras, sin permisos, sin molestar, sin perjudicar, sin querer.

Se ama la piel, pero también el alma. Se ama la radio trayendo esa canción que aún escucho. El árbol donde descansé con mi viejo en un viaje eterno. Se ama la vieja compartiendo el gol de Diego a los ingleses.

Se ama el camino de infancia a la escuela por calles de tierras, pensando en ese gol vitoreado por la masa. “Gol del Tano carajoooo”, el lírico relato de Víctor Hugo.

Se ama a los amigos. A los que brindaron y a los que ya no están, extrañándolos a raudales.

Se ama una mujer. Se ama la familia, los hijos.

Se mira para atrás. Se observan las manos con cicatrices, se señala el futuro. Se agradece por el vino, el sol y la montaña. Se agradece por el llano, se pinta el río en la mente y el mar en su sonido y rumbo desconocido.  

Conté hasta 50 y quiero más. Aunque caminaré despacio, deteniendo cada paso para disfrutar de la fragancia. Del barco que se va. Del tren que llega.

Amo mi vida. A veces la maltraté, otras la cuidé. A veces fui astuto. Y a veces fallé arrojando la pelota al tacho.

A veces comprendí. Otras negué. A veces agradecí. Otras me quedé con la palabra en la garganta, acomplejada, anudada. A veces me arrepentí y otras bajé la cabeza. Pero también acepté y abandoné el pésame.

A veces quiero reir todo el día y dibujar la felicidad en un lienzo lleno de muecas y convertir el a veces en un siempre.

Brindo. Por estos 50. Por aquella madrugada fría del 1 de julio de 1971. Por mis viejos, mi hermano, mis hijos. Y por Roxana. Por mis amigos, mi club de barrio, mi club que me adoptó. Por el relato de un partido intenso. Por las palabras de un ascenso futbolero siempre esperado. Por la foto del gol olímpico de Marcelo, que se fue antes. Mucho antes.

Brindo por mis errores y mis virtudes. Brindo por las cartas escritas y el libro de mi vida.

Brindo por la vida. El pasto de una cancha, la flor que amanece y por este loco cuerdo que empieza a vivir su atardecer, en la búsqueda de esa enigmática puesta del sol que atrapa y desaparece en un lejano cielo convertido en nube, polvo y estrellas furtivas.

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